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Estoy grabando en una cinta, en ese viejo aparato magnetofónico. Mi voz es extraña, esa voz humana y corpórea me es extraña, la voz en mi cabeza es acaso más íntima y rápida, madura y lejana, persistente, choca contra los acantilados de mi cerebro, choca contra las imágenes del mundo; es el mar incesante, bravo, pero mudo, eternamente mudo, que sólo tiene alaridos de espuma momentánea.
Sigo grabando y estas voces me persiguen, reconozco acaso la mía, por que me es familiar su timbre, pero no, no la conozco; tengo la impresión de haberla escuchado alguna vez, en mi madre, en las calles, en alguna mujer, en algún hombre, en algún ser asexuado, en nadie; en lo inerte y su voz incorpórea.
Y yo sigo leyendo lo que veo con los ojos de todo mi cuerpo, en el pestañeo de los poros recibo mil imágenes y las devoro con fauces de la piel, del oído, del gusto, de los nervios y el reverso de los ojos. Voy saltando, aventurándome en el principio y el final, me encuentro con el terreno virgen de pisada, animal o humana. Nadie allí ha pisado, no hay camino ni linealidad, entonces salto.
Voy por las nubes, luego me detengo, un carro pasa veloz, un viejo dispara con su mano derecha sin cansancio a todo transeúnte, la pequeña niña bosteza, alguien estrena lentes, los árboles pierden sus apéndices.
Leo en círculos, en espirales, en siluetas de Picasso, en el camino imaginario que han trazado mis pies de infante hasta aquí, salto y aveces me deslizo, para mi las paredes no son más un obstáculo, ellas, vencidas al poder de mil ojos en mis poros son devoradas también.
No sé de donde salen estas mil bocas, todas hambrientas, todas lactantes, todas todas ellas... ¡que horror! con sus asquerosas trompas de termitas, de insecto devorador. Es imposible que algún signo escape de ellas ¡Todo es signo! y yo nunca paro de comer, y el alimento no cesa en sus apariciones, en sus particiones, en su alumbramiento eterno. Me persiguen, estoy asediada por todo aquello: las construcciones rectangulares, frías, modernas, que olvidaron las curvas por considerarlas pasadas de moda, el desplazamiento del arte a la periferia de unos cuantos soñadores, la poesía andando en muletillas musicales para sobrevivir, para hacerse notar tiene que vestirse, ¡ya no es suficiente su desnudez!
Y pienso, en esta actividad horizontal y vertical a la vez. Entro como vikingo a los templos sagrados y lo destruyo todo. Tomo a las sacerdotizas por los cabellos y las hago mías, vírgenes una y otra vez malogradas; marco en sus cuerpos mi rabia y mi lascivia. Yo, blasfemo irrumpo una y mil veces en el templo de la escritura y violo sin métrica ni estúpidas formalidades la blancura de la diosa en tierra. Desgarro con mi puño, marco con su savia, sangre, su cuerpo, es por el instante de fiesta pagana todo mio. Luego, como castigo divino, castigo por poner mi voz a lamer su piel sagrada, yo muero. Y ella, eterna página conserva fragmentos de blancura y mi voz muda. Ella, revive una y otra vez, cuando algún doliente y melancólico se acerca a ver su cuerpo yerto, entonces se levanta toda morada y amarilla, toda necrótica y asquerosa. Monstruo. ¡He creado un monstruo injertándole mis palabras! Luego, dotada de la poca divinidad que le queda, baila y se hace de nuevo bella, y entonces mi voz recupera un sonido terrenal. Y es entonces, cuando usted, lector, entiende lo que he escrito.
Stop.

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