jueves, 30 de julio de 2009

(sin concebir)

Pensaba tal vez que sin un título ya no sé como continuar, era lo que concebía primero, no siempre, pero ayudaba. También pensé en la falta de palabras, en la pereza de las manos, ya no les emociona como antes tomar una hojita o pisar las teclas, hablo mucho, callo poco, para escribir hay que tener reservas.
Guardar un gran secreto, uno de esos que piden apenas son confiados ser descargados sobre otra pata, porque un bípedo no es capaz con tanto peso. ¿Seré yo tan débil? no tengo muchos secretos, alguna vez quise adquirir uno pero me sentí rozando la penumbra, el silencio y la distancia. No pude, no no, pero no hablo de guardar secretos de otros, esos son fáciles de engullir, pasan aveces con mal sabor, con texturas monstruosas, que invitar a regurgitar, terrible suena, si, terrible la traición de la palabra dada.
¿Tendré que adquirir un secreto terrible para poder volver? ¿para distanciarme y crear un puente? para tejer mis redes sobre lo innombrable...
Urdo una tela sobre fantasmas de la palabra, sobre candados y combinaciones traviesas de números y letras.
Pensaba también cuanto disfruto caminar sola en las noches, de día en viejas calles, deslizar mis pies sobre recuerdos, hacerles por un momento viajar por las madrugadas regresando a casa, por los tambaleos y la neblina, por las confusas visiones, por terrenos sin construir, incompletos.
Me gusta observar los cambios de las nubes al óleo, la postura de las rosas en su baile estático e hipnotizante para aquel que las sabe mirar cada día, odiaba las rosas, ahora han vuelto a ser flores, todas ellas anzuelos de pupilas.
Los transeúntes, casi ni los miro de noche, sin sol no me parecen tan interesantes, se cierran como la margarita que tengo en mi sala. De día todos son bellos, algún azar de la mezcla entre semillas les dio algo hermoso, y yo al sol aveces siento que puedo verlo; sonrío y entiendo algo de esa universalidad que nos corresponde sentir a todos.

Voy al paso que quiero, respiro profundo porque tengo sed, el aire húmedo se cuela en mis pulmones y me sacia un poco; muevo las caderas y sonrío discretamente, acelero, me gusta la velocidad y manejarme a mi antojo, sin decir palabra, sin esperar a nadie ni correr tras sus zancadas. Me dejo llevar por el instinto al elegir el camino, aún creo que algo habrá escondido en el resultado de mi decisión.

Voy caminando y escribiendo al tiempo, observando detalles, el volar repentino de las aves, la ráfaga que deja un joven afanado al pasar por mi lado, la luna coqueta sonriendo en su viaje, la estupidez de la gente ciega, si esos ciegos que olvidan descubrirlo todo de nuevo. Sonrío a los niños que señalan con su dedo y hablan con asombro, ya no me siento sola.

Tiempo para mi, para ir con mi cuerpo a donde quiera, volar sobre el pavimento, escribiéndolo todo en mi cabeza.

(tampoco al final pude concebirlo, es un pedazo entre la nada este escrito)

No hay comentarios: