Hay abrazos que no me asustan y bebidas que no le dan revuetas a mi estómago
hay, un lugar por el que paso a menudo en el que aun no me he sentado a divagar.
Disfruto ser sedimento de mí. Cansada de andar en agitaciones, me acomodo en el fondo de mi placenta, que bien se está.
Me atemoriza la vida, no el devenir, no el paso medido del tiempo y mis funciones. Es temor a lo que no puedo domesticar por la palabra, al insecto, al árbol que es. A esa vida pura y morbosa, desnuda e incómoda. La cosa me atemoriza y ante ella no puedo huir, no cuando abro bien el ojo y la percibo con todo su peso.
Luego de tanto tiempo de verme sumergida en lo uno, en la masa, en la carrera por ser más que humana es que finalmente me he abandonado sobre mi. Con el peligro de abandonarlo todo he vuelto a calzar mis viejas alpargatas, mi vieja ruana. He tenido que sostenerme al mundo con una máscara para poder quebrarla y encontrarme tras ella, he tenido que sumergirme en el barullo y el frenetismo para encontrar mi nueva voz y la quietud que me ciñe el pecho.
Hay encuentros afortunados, no planeados. Hay con buena fortuna un momento bajo un árbol, palabras ya dicha que suenan finalmente bien en boca de un extraño.
FRONTERAS, 2016 - U. Javeriana
Hace 10 años

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