Quiero dejarme ir por el impulso, volver al ¿por qué no? de la escritura.
Si lo cuestiono pierde su magia, he sentido el retornar del pasado como una revelación, como un shot de morfina.Voy por ahí sonriendo con la frescura de una virgen, voy y mis pasos son torpes entre la hilaridad del pensamiento.
La lluvia se me antoja de nuevo como una caricia primera que no enturbia la piel.
Me descubro esperando una voz, yo que siempre vivía salvaje inmune al grito de reunión de algún pastor.
Si sólo tengo el instante, entonces siempre estoy iniciando otra vida; esta parece no estarse repitiendo sobre el patrón de antiguas reencarnaciones.
Esta vez el encarnar no es lo importante, interesa más el verbo. La desnudez de la voz, su ligereza. Es eso, me siento liviana, purificada por un encontrón con el pasado. Redirigida, reformada.
El carboncillo redefine mi silueta y soy esta otra; más rústica, más blanca, más negra, más primitiva.
Me desacomodo de los silencios y vuelvo a la sana oscilación con el ruido. Es mejor llevar la vida como un pentagrama.
Yo, la iracunda, aquilea, he depuesto mis armas. Esta guerra que se perpetúa en el silencio, detrás de mis ojos, ya no tiene sentido. Esto es una tregua: pausa, retirada, rendirse. Me doy tiempo para recoger cadáveres de mí, para luego enterrarlos con esmero.
El pasado, el mío, cadáver que no se descompone hedía en el lugar del encuentro, en la arena de combate.
Es necesario desenterrar para dejar ir. Que se queme todo: pestañas, uñas y huesos. La ceniza se disuelve fácilmente en el mar.
Todo se diluye y vuelve en perpetuo ronroneo marítimo. Allí ya no hay cadáver, ni pasado, sólo milagrosa repetición. Enigmática, ya no concreta y manejable. Ingrávida.
Lo que busco es la ingravidez del pasado, disolver sus restos en el perpetuo devenir. Depurarlo, sintetizarlo, purificarlo. Que no sea una carga y un vestigio de guerra, que tenga la cualidad de un feliz hallazgo.
De cierto modo, me reconcilio con el pasado, ya no es algo impensable y tortuoso darme un baño en el mar.
Tengo la revelación entre la mera repetición del mundo, de un despertar, de un beso; todo infinitamente mecánico pero salvado por el instante de la diferencia.
Estoy aprendiendo del arte del bocadito, un instante mesurado, infinitamente diferente. El valor de Jesucristo en la gastronomía. Un antes y un después, el valor de la marca, la huella, el fósil.
Soy recolectora de viejas especies de vida, tesoros primitivos causados por el azar. Su valor está en el enigma, en el descubrimiento. No busco construir un pequeño panteón de baratijas perecederas. En el propio acto de descubrimiento está el prodigio.
El don está en la nariz del sabueso, en el ojo del calamar, en el oído del chimbilá, en el sentido amplificado de la piel de un ciego mendigo.
América nunca será un viejo mundo y allí está lo bello, la infinita posibilidad del descubrimiento.


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