martes, 5 de mayo de 2009

Ataraxia

Escribir a oscuras... pienso, tal vez la letra corra desnuda sin vergüenza, con su piel exquisita que no necesitaría de tinta, su piel que se pega con fuerza a los caprichos de la forma y la delgadez.
Escribo a tientas, con mi mano temblorosa; de amante inexperto, temeroso.
Me acerco a ese cuerpo que no veo, me entrego en caricias violentas; araño, muerdo, sé que dejo marcas, brota sangre; lo sé por el olor peculiar, ese que difiere de su aroma dulce.
Luego de un instante de furia y pasión vuelvo a observar el fuego, suelto la pluma.
Estoy en la nada del mundo, en un rincón atemporal, me invade el sueño; mis ojos se niegan a permanecer tanto tiempo de pie, aprovechan el río, el calor. Nadan, se contonean en el revés de mis cuencas.
Alucino o tal vez veo una serpiente amarilla, delgada y fuerte en su rastrero andar. No tengo miedo, venía pensando en su encuentro, en un rayo de luz que resuelve todos los enigmas.
Pero a mi me ha dejado una duda inmensa, ¿producto de mi deseo? ¿o realidad? Aun recuerdo sus pasos sig-zagueantes, lentos y seductores, caligráficos. ¿Dejé mi cordura del otro lado del puente?
Un bovino histérico atraviesa el camino, ¿poderoso humano? ¿acaso tanto cerebro sirve de garras contra un fiero animal? si disparo unas cuantas palabras, si le acribillo con gritos y juramentos ... ¿se ira?
El fuego, goloso por excelencia me trae un baño de luz cuando algo delicado se posa en su boca, sus fauces devoran de palmeras hojas, mi alegría repentina, que cruje. Crujen y se elevan en vestidos ardientes, dan un último giro reducidos en un guiño escarlata; ceniza.
La noche y sus sonidos, naturaleza, ¡tantas cosas ignoro!
Con su paso coordinado un ejército de insectos invade mi pecho, retumban sus patas tamborileras en las costillas, en los enredos del aire y la sangre. En su trayectoria terrorífica espantan alacranes y demás habitantes de grietas, salen disparados en mi voz y en la letra. Purga La Ronda.
El canto nocturno, las ranas y los grillos; el silencio invita sus voces, retumban en mis oídos.
La noche se reconfigura, o lo hago yo ante ella, la veo de pie, colosal; yo, citadina, diminuta ante ella.
Lugar del sueño, del no tiempo.
Dieta de pola y masmelo.
***
El tributo al fuego, se alza y cae súbitamente, en un pestañeo o trago de saliva. EL crepitar y el eterno cuchichear de los grillos, mi voz, se suma; otro canto de animalejo, tímido a la vista extensa del silencio.
Canto, se me va el alma en ello, el sonido se consume en la hoguera; es chamizo. Se retuerce, se desnuda, se desmadeja. Se pierde en contorsionismos de chispa y ceniza, y en su último aliento gris, bocanada lunar, desaparece en la gruta; garganta nocturna.
La ilusión, cebada; playa. ¿Por qué no? Revolotean mariposas de carne y ceniza, mesuro el miedo, observo su baile y me fundo en círculos intermitentes. Se agota el combustible, reducido a crayones, tizones candentes. Yo que recién estaba cuarteando mi madera, tiñendola de ébano y gris; recién empezaba a volverme solo humo.
Me quemo, bebo en una copa el infierno; dejo entrever mis escotes de corteza naranja, escarlata. Muero, me voy en un suspiro grisáceo, ingrávido. No es plegaria, es sólo que no quiero dejar un aire inconcluso.
Saboreo el humo, me degusto; la guitarra y su ritmo, es respiración.
Al final lluvia cálida, me entrego de nuevo al contacto natural, cierro los ojos; ritual.
Tengo reminiscencias de bruja, histérica, danzo entre el agua y el fuego quejumbroso, lanzo mis voces entre guitarras y despellejamientos.
Tanto alboroto invoca los truenos, vuelvo a navegar al interior, lugar del sueño.

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