jueves, 3 de diciembre de 2009

De la galleta y el Yo

Erase una vez Yo
Yo entro al salón y me siento
Yo escojo la silla junto a un joven no cualquiera
Yo, tropiezo más de una vez con sus pies bajo la mesa
Yo es completamente torpe, tímido y callado.
Yo queda embelesado por un olor dulce,
el joven de al lado huele a galleta.
Yo me debato en abrir la boca y decirle algo dulce como su aroma
biscuit biscuit
susurro hacia mis adentros como haciéndole un psst psst
Yo sale del salón con el aroma en la lengua
Yo me pregunta, ¿tienes hambre?
¡carajo! Yo, ¡eres caníbal!
Y con la certeza de que eres una desboronadora de hombres, entonces no le dices nada.
Yo, es completamente torpe, tímido y callado.
Yo sale del aula, camina evadiendo el sendero, Yo lucho por no dejar columpiarse una risa loca en mi boca, la empujo hacia abajo, le mermo al volumen hasta que es ya solo sonido plano y vibrante. La risa (Yo) se rebela y asoma la cabeza por las comisuras de mi boca, Yo disimula, no, no, es que uno no puede ir por ahí diciendo esas cosas.
Imaginen Yo decir "Hueles a galleta"
El joven que huele a galleta, (del cual ya no necesito ni me importa un nombre) me habría mirado étone, desconcertado, loquísimo ante mi piropo de panadería.
Yo, sigue caminando con el olor aun entre los dedos de las narices. Si, agarrándolo fuerte y degustándolo, el olor al joven le pasa por todos los sentidos y se vuelve un amasijo inasible.
Yo piensa
con qué facilidad orinan los caballos en las calles,
con qué facilidad descarga un perro su gratitud en la grama,
una rosa tarda en abrir dos días,
una rosa pareciera saber a yogurt del color que la pinta.
Érase una vez Yo, yo duermo, yo termino.

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