miércoles, 11 de febrero de 2009

De ellas

De repente percibió que estaba sola, y su apartamento tan vacío; apagó el televisor para darle un descanso a sus ojos, por que tanta imagen cortada y a veces sin sentido los tenia algo irritados, la lluvia de hace un rato también- Ella lo sabía pero prefería mentirse todos los días y decirse que no le importaba estar sola, que le gustaba, que prefería esos eternos monólogos interiores que mantener una desesperante conversación con un chico que vive antojado de todo lo que ve por la calle.
Prefería el silencio, el sonido de su voz leyéndole un libro en la mente, o la voz de aquel cantante francés que la enamoraba y le hacia soñar sacándola del aburrido mundo en que se había metido.
Pero no era aburrido, era ella la que se estaba hundiendo, la que estaba pintando todo de un color gris. Pero no lo sabía, no lo había decidido, no a conciencia, y allí ovillada en esa silla todo el teatrillo se le cayó encima; de repente una caricia helada y tibia de desplazó por su cara y sintió el dolor de aquellos brazos que no estaban a su lado. Le extrañaba profundamente, le dolía que él no estuviese allí con ella, para secar sus lágrimas, levantarla en sus brazos y llevarla a la cama para que descansara y dejara esos terribles planes de agujeros y silencios.
Pero él no estaba, no sabía si lo estaría o más si estuvo en algún momento; todo era tan confuso. Ella pensaba que estaba empezando a enloquecer, que por vivir pegada a las líneas y las hojas de los libros estaba inventándose un mundo y se lo estaba creyendo tanto que ahora ya no sabía que era real y que era ficción.
Pero tenía que ser cierto, por que si no ¿qué esperanza le quedaba? tenía que existir en algún lugar del mundo tenía que sufrir la misma enfermedad y sentir que se le había perdido algo que aun no sabía que era con seguridad; otro ciego tanteando una luz que nunca había visto, colores de los que le hablaban pero no podía visualizar, paisajes hermosos, caras de conocidos que podía tocar, sentir, pero nunca ver.
Él tenía que existir, por que como si no, como soportar la vida sintiendo que le hace falta algo tan vital como una pierna; esa sensación de andar como un perro cojo era insoportable, ese vacío que maquillaba todos los días ahora se burlaba de ella, le zumbaba en los oídos, le hacia perder el equilibrio, el apetito, su gusto por el sol; hasta que robó su sonrisa, y era una sonrisa tan bonita. Porque yo que la conocí de antes, yo sabía de esa sonrisa que parecía un cachito de sol que venia acompañada de destellos cálidos de sus ojos verdes, su piel se estremecía y se sonrojaba como un atardecer de tierras bravas. Pero eso fue antes de que ella tomara su decisión.
Antes de que yo despertara y me diera cuenta de sus gritos, de su llanto y tratara desesperadamente de llegar hacia ella; de consolarla y de decirle que por favor no más. Que dejara ese camino caudaloso porque si ella lo seguía también me hundía en sus penas. Que por favor no continuara porque esa era nuestra única defensa contra el dolor. Que por favor dejara quieta la tarea de los castores con la que había iniciado yo hace ya tantos años desde la partida de nuestra madre. Que por favor dejara ya su estruendo por que lo iba a inundar todo y yo no sabría que hacer para drenar tanta agua; tanta pena. Que yo no sabría cómo encausar el río hacia otras tierras, hacia ese final de la tierra plana para que se fuera con los monstros de la edad media y el error en el que estaban todos los que no sabían de un mundo tal como una naranja.
Pero ahora ella era la que me decía que tenía que detenerme, que no podía seguir con mi engaño; nuestro engaño. Que ella no iba a seguir actuando para mí y para todos, que estaba harta de esta jaula, de estos barrotes, de ser fuego en la garganta que no deja asomarse a las gitanillas, aquellas bailarinas que se desgastan al andar, y dejan tras de si un camino cálido y frio.
Dijo que tenía que dejar de encadenarla, de condenarla a vivir bajo ese techo de penas que le impedía al sol besarla. Que tenía que llamar al dolor por todos sus nombres, por su verdadero nombre aquel al que no podría resistirse y ordenarle que se fuera de nosotras. Que se convirtiera en semilla para cobijarla en la tierra, donde ahora sería algo lindo, una nueva vida, colorida, sin pasado, sin memoria.

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