Ella, ¿en qué momento fue que resultó caminando en la playa?
Sus zapatos estaban desamarrados, cuando quiso correr se le cayeron.
Atravesó con saltos de bailarina los cristales y el asfalto. Y llegó de nuevo al vaivén de afrodita.
La espuma, la bienvenida. La despedida.
Vacila en teñirse la piel con escamas. En tomar el caparazón de algún ermitaño. En ponerse atavío de concha y enterrarse en la humedad de la arena.
Se sienta en la playa, a esperar. Entre el linde de la dermis oscilante y lo etéreo.
En cada ir y venir su silueta es absorbida por el suelo. Empieza a hundirse sin que nadie lo noticie, ni ella misma.
Poco a poco las conchitas se le trepan, se tragan su ropa y la dejan desnuda bajo las olas. Se funde con ellas. Sufre una metamorfosis.
Entonces ya no espera nada. En el serpentear de las olas se adentra más y más. Se deja llevar; a ver hasta dónde se la tragará el mar, a ver si no la escupe como un náufrago dolorido.
Sólo quiere atravesar la corriente del río, a ella misma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario