Ahora pienso en ese loco aroma, ese fuerte brazo que me tomó de las narices e impregnó toda mi casa.Era insoportable, nauseabundo y hasta bueno. Si como esos olores pútridos que da la gana aspirar, pero nunca confesar que se disfrutan. Son un placer del que se charla con el cerebro.
Estaba hablando del perfume, ¿y por eso entienden un olor sabroso? yo a mi exquisito olor nauseabundo lo llamaría nauseaume. He dicho.
Este nauseaume me alcanzó en la ducha, yo, que entre el champú y el olor a jazmín y frutitas que revoloteaba en espuma sobre mi cabeza recibí el llamado.
Terminé con parsimonia mi quehacer, dándome el lujo del orgullo y la paciencia. Demostrándole que era capaz de resistir los impulsos con el látigo del hambre lacerándome las tripas.
Ah, abrí las ventanas para taparme los oídos un poco, los oídos de las fosas nasales. Todos sabemos que es imposible dejar de escuchar o de oler por completo. Mas de oler, la condena de la respiración siempre viene con su extra incluido. Piensen nada más en el botadero de doña Juana. Si si, compañeros rolos, la infancia siempre tendrá esos minutos en que uno contuvo la respiración y deseó tener pulmones de talla extra grande para meter una gordita y bonachona porción de aire no contaminado.
Se disipó de a pocos, el nauseaume. Fui a la cocina y me vi metiendo las manos en aceite, cortándome en pedacitos los dedos con el cuchillo, rallandome las uñas en finas rebanadas. Me vi exprimiéndome las huellas digitales. Hice un juguito de identidad que sabe lo más de bueno, por que no se bien a qué sabe, ni que en qué lugar de la lengua acomodarlo.
Todo a fuego alto, si, también me vi invocar la llama desde mis adentros para mandarla como un escupitajo al fogón.
Y todo iba cociéndose entre salpicaciones de renacuajo y pisteos de abejas. El aceite tenía su ritmo furioso y acelerado apenas me vi poner las yemas heladas de los dedos en su interior.
Ah...dulce olor de carne quemada. Condimento con cuerdas de guitarra, con cuerdas vocales, con corazones africanos que laten exquisitamente como tamboras.
Me doy la vuelta y me veo mirándome, tengo la mirada perdida como ya es costumbre.
Me sonrío y ladeo la cabeza, tomo un plato y me sirvo.
Me siento en el comedor, y me veo comiéndome.
Mi cara famélica pinta una sonrisa de satisfacción con el aroma de la carne frita.
Lo mastico y lo escupo. Lo que me importa es la sustancia.
Trago y expulso.
Me alimento y me vacío en un mismo compás.
Por último, y para que no crean que soy alguna especie extraña de caníbal masoquista, puedo decirles que me metí a la boca lo que acabo de tipear en la vieja máquina de escribir, lo mastico y lo escupo. Lo que importa es la sustancia.
Espero a ustedes también sea lo que les interesa.
Imagen [ Mano con cuchillo para jugar a la puntería de Yadira Gallegos Abedrabbo]

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