¿Sirve decir qué iba antes del relato? ¿como una introducción de los pasos dados, del aire respirado por la planta de los pies?
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Vino la idea y yo debo obedecer recordando que nada más soy una escribana, que espero a la voz, espero la siguiente ficha del rompecabezas. Le doy tiempo, soy paciente hasta que tome forma, la invoco con mi flauta de pan hasta que ella responde con un gritito suave y me viene a narrar antes del sueño.
Tengo que acercarme cautelosa, ganarme su confianza. Si estiro mi mano para acariciar su pelaje entonces huirá. Y diré tristemente que se me ha ido la paloma
Entonces me acomodo en algún lugar visible, en silencio a ratos, en canto a otros. La veo asomarse entre los matorrales, demasiado tímida aún. Le muestro mis manos dispuestas y generosas, mi oído atento y ágil para seguirle la pista si es que emprende carrera.
He callado varios días, aun no cometo el acto íntimo de llamarla por cualquier nombre, de ponerle un cordel invisible en los oídos y los nervios. No soy tirana.
La adivino entre las hojas verdes, entre los entramados de su otra piel Naturaleza.
Yo sigo acercándome de a pocos, dejando que mi aroma de flor de algodón se le cuele en las narices y le resulte agradable compañero.
***
Persigo a un joven de camiseta blanca, va en cicla.
No llevo lentes, y debo decir que no distingo sus facciones, pero lo que me interesa en la confección de su silueta, su oleaje.
Tiene cabello negro, algo crespo, tendrá unos 20 años tal vez menos.
El joven sigue su camino por el parque, yo sigo caminando, persiguiendo su aroma pedaleante.
Voy pensando en mi Paloma bonita paloma, que no quiero que se me vaya.
Me decido por fin luego de recorrer el parque.
Avisto unas bancas cerca a un muro de tenis. El joven desciende allí de su transporte, y cada uno a lo suyo.
Tomo mi paloma y la estrello contra el muro, la raqueteo con mano trémula pero ágil, trato de no darle tiempo de recuperarse y salir volando. La estoy desplumando contra el muro verde.
¿Palomicida?
¿Quién? ¿Quién va a venir a pelearme por las palomas si he escuchado a más de uno que las quiere muertas y desaparecidas de las plazas y las calles?
Pues yo sigo en mi deporte extremo palomero, le doy duro a mi pelotita enmadejada de carne y plumas, de pico y ojos que no sé hacia dónde apuntan.
No pero bueno, quién esté perdido que levante la mano.
A ver si, sumerced allí el de cara de extranjero en mis garabatos de medianoche, venga le explico.
O mejor dicho vuelvo de mis divagaciones.
El joven y yo nos pusimos a lo nuestro. Él solito jugaba tenis en el muro del parque de Modelia. Yo, me senté muy cerca dándole la espalda y para que no se me fuera la paloma la estrellé con fuerza contra el muro enrrejado de papel, y viera como rebota de bueno compadre. Compadrito es que yo iba con fuerza y tembladera al tiempo y ella respondía y seguíamos en el vaivén. Yo bien armada con mi raqueta tintera. Ah si me viera, preparadísima para cualquiera de esos Wimbledon. Y a ratos uy recuerdos de viejas luxaciones de muñeca, pero no me dejé, no señor. Que me venzo a mi misma y el dolor que me pone traspié.
***
Estoy empezando mi experimento de escribir a la deriva, doy vueltas de perro buscando un lugar en el que acunarme un rato. Soy un perro vagabundo, me alimento de miasmas de sol, tengo una sonrisa leve que tira de mi hocico. Sudo liviano, delgadísimo.
Soy un perro cojo, tengo una patica al aire, el resto de mi cuerpo siempre está intentando despegar.
Trato de respirar la naturaleza en la ciudad, o la naturaleza de esta ciudad y su piel de concreto; respira lento y pesado, a latos la escucho lamentarse entre las grietas, exuda aromas, sus perfumes de anticuario.
Tengo las patas quemadas por el sol, me pega fuerte, no me deja echar raíces.
¡Que no! Que no tengan pesar de mí. Yo visito y luego sigo en mi andar salteadito. Estoy muy bine, casi que la comida me cae del cielo y ahora el viento no es amenaza de hielo sino un compañero.
Me olvidé de mí, por fin soy solo un perro agraciado y vagamundo.Aullo a la luna de vez en cuando solo por no perder la costumbre.
(La pluma va sola y sin sentido [La raqueteadera con la paloma]) perdí las formalidades, el tema y la puntuación en el ladrido.
Soy un perro cantor, me trepo a los árboles de cuanto en cuanto; me arañan los espinos pero yo sigo garabateando a machetazos.
Volver a la ciudad no fue cualquier casa ( yo, que me llené de esos piojitos verdes que sueltan las plantas para aferrarse a mis lanas en mi travesía por los campos), no, no fue volver a casa. Aquí tengo un ranchito compartido, pero el hogar me pedalea en las patas. Mi casucha me es extraña, mi cama, las comodidades, no soy perro faldero.
Trato de no volver al molde, a ese antiguo yo que dejó tantas trampas regadas por aquí. Esos viejos huesos roídos ya no me interesan.
Ahora corro con la mirada, mis ladridos ya no son molestia cuando vienen en retroalimentación a mis orejas. Aprendo el cantar del can, que un perro no sabe de perros, por increíble que parezca soy ajeno a mi naturaleza ¡y los humanos creen que la tenemos fácil!
El piso está hirviente, las patas me escuecen, es hora de seguir andando...
***
¿Sirve decir que fue del después? del adiós mudo, del tomo mi ropa tirada del suelo y me la pongo rapidito, del ¡uy carajo! cerré muy duro la puerta. Del después de la intimidad pública del silencio. Yo hice el amor con él. Si, si, compadrito, claramente.
Prosigo:
Esa era una paloma estrellada, traté de pintarla lo más rápido que pude para no perderme nada de ella, ni una sola pluma por insignificante y cochina que fuera. ¡Cochina, cochina!
Luego de terminar mi momento a solas y compartido con el joven, guardo mi raqueta y mi muro portatil, sigo mi camino mientras él sigue jugando solo. Me pregunto si debí hablarle, si mi compañía junto a él no fue suficiente. Es que los dos estábamos jugando tenis. Sólo que yo estaba en mi física dimensional literaria.
Le doy un último vistazo y le trazo una sonrisa imperceptible; no distingo su cara, no llevo lentes.
Y así, siendo paciente fue como se me acerco de a poquitos, de a poquitos, y en vez de comer de mi mano yo comí de la de ella. Y no necesité de la intimidad carcelaria de un nombre. Ella viene cuando quiere, y se queda el tiempo que quiera. Nunca será mía y por eso disfruto de su compañía impredecible. Se va cuando le viene el afán de regresar por donde vino, del azar que le sirve de madriguera. Ella me ama a ratos, me da lo que quiere, y yo le presto mis manos y mi óleo mental para que haga de él lo que quiera. Ella la que viene entre saltos, que se burla de la constancia y el calendario. Ella animal mítico. Ella también es mi secreto.

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