Luego de Pepe Pegotero Silva me subo al bus, me arrincono en lo más profundo de sus cavidades y me siento entre dos hombres, mis caderas encajan y de ahí no se mueven.
Recuerdo, que al salir Pepe Pegotero Silva me da la mano, entonces yo las miro y ahí se me va el tiempo.
Mis manos se acarician como un par de amantes, como si en ellas solas fuese capaz de darse la vida. Se abrazan la una a la otra como dándose un cariño que no son capaces de contener en una sola. De una a otra mano, soy yo y no soy yo, me acaricio. Mejor dicho la mano me acaricia, o acaricia a su compañera yo ahí no tengo nada que ver. De repente ellas se bastan ellas mismitas.
Las manos no se penetran pero se entrelazan, se acicalan, se acobijan. Como una madre una acobija la otra en su vientre-cavidad, la acuna y la mece, acaricia a la mano aun no nacida.
Ellas en su abrazo primario encierran el eterno secreto de la sombra no reflejada, amasan la oscuridad en su silencio. Sirven de recipiente de luciérnagas, son piel de una sorpresa.
Con ellas cubro mis ojos, no para quedar en oscuridad , no, lo hago para ver el destino que en ellas llevo pintado. Y se me tiñen las sombras de pura imagen ancestral.
Uno no esconde el rostro lloroso detrás de las manos no, en cambio se alimenta de esa caricia innata que ellas dan; ellas encargadas de recoger el agua salada o el agua de manantial. Ellas par de madres, madre e hija, amante y amante; en las manos entrelazadas se entreteje el mundo.
Ellas sentenciadas a pulsar la incesante música que habita en la humanidad.
Una mano hace el amor a la otra, con ella toco tu sexo y el mio. Con ella doy curvas a lo que no digo. Es que ellas trenzan mis cabellos, recorren mi piel, y se muestran orgullosas en su desnudez ancestral si no hace demasiado frío.
En ellas se contiene el agujero de la muerte desde el que escribo. Y juntas juegan a brincar en charcos de palabras. Ellas que tienen su propio latido, su lascivia, su frío y su calor. En el centro de la mano un ojo, una boca, un oído, un multifuncional conector.
Pepe Pegotero Silva me dio la mano, y a mi se me desbocó el palabrerío.
¿Y te preguntas que por qué no te doy la mano cuando camino? o ¿ por qué mi mano fugaz susurra a la tuya en un desvarío? bueno, aun no las he domesticado, no es asunto mío.

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