Vuelvo entre una luz ya de ojos dormilones, una procesión de jóvenes marcha hacia una iglesia. Yo voy en camino contrario, adentrándome en el parque de la infancia.
Camino lento, con tristeza acaso de esas que no saben pronunciarse ni anunciarse, con tristeza que me espia, que no veo pero lleva perfume inconfundible: Yo creo que alucino con el aroma del café. Esa es su forma sutil de tocar el aldabón.
Tengo mi sonrisa debajo del brazo, lo suficientemente ahorcada para que no se vea, lo suficientemente ahorcada para que no sea motivo de coincidencias. Y sin embargo...ella sigue ahi.
A lo lejos veo los teatreros recogiendo sus cosas, sus aparatos de color y magia.
Sigo derechito el antojo de mis pasos. Un mimo se acerca.Y aquí tengo que ponerme pesada en las palabras, en la espesura de mi narrar. Frunza el ceño, y apriétese el pecho.
El joven mimo puso una mano en mi espalda,
yo, hecha una estátua, tanto tiempo helada recibí un dardo ardiente.
-No me toque, aléjese, duele-
Su mano en mi espalda entró como puro fuego, sus dedos, cada uno una llave dañó el trabajo de mi especializado y frenético cerrajero. Dentro de mí, ardía el pecho, respirar una caricia luego de tanto tiempo, agua de mar, beber con ansias pura sal.
A cada golpe de calor, yo repetía mi frase de salvación:
prohibición
prohibición
prohibición
él no hacía caso
su mano era un abrazo en si, sólo la palma de su mano contenía
¿que no te diga que contenía te da una idea?
hay cosas que me es imposible nombrar, que no se dejan asir por ningún lado
aveces...las palabras tienen caderas tan esquivas.
En cada abrazo de su mano me retorcía de dolor, se me desmadejaba el pecho,
resulté no ser tan valiente. Vaya mimo, sólo requirió del silencio y calor para desarmarme.
FRONTERAS, 2016 - U. Javeriana
Hace 10 años

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