lunes, 2 de marzo de 2009

La ojizarca

¿Y qué esperabas? que me quedara como una dama cortés cinco o diez años esperando a que aparecieras, mientras te ibas a probar tu armas y llenar tu nombre de fama? ¿Rescatando doncellas, ganando torneos, salvando reinos, justiciando maleantes, restaurando tuertos?
Me cansé de ver crecer mis trenzas; el trabajo de hacerlas por el día y deshacerlas por la noche cada vez me tomaba más tiempo.
Después, harta de tanto ritual de cabellos con desición tomé tu espada, esa que dejaste olvidada y con ella corté mi legado tantos años.
Te dejé mis vestidos, las joyas y las zapatillas; esas de cristal y de hierro. Tanto atavío pesado no me sirve a donde voy.
El último mensajero que me enviaste, me confundió con un doncel preparado para ser armado caballero nobel. Al enviado le entregué un viejo anillo y una carta apenas con un renglón escrito. Mis letras esperaron tanto que se congelaron y ya no las pude arrancar de mis manos trémulas; azules.
Robé un rocín de mi padre y mi dulce doncella tomó un palfrén. Nos perdimos en los bosques y en los mares. Con tu espada, que ahora llamo mía, combatí hampas y defendí pobres donceles. A las doncellas que encontré por el camino las armé caballeras; entonces, alegres de dejar sus castillos y esa espera infructuosa fueron a conocer ese mundo que también era suyo. Se encontraron en los senderos con sus caballeros y justaron sin saberlo; hasta que por obra del buen cupido o algún hado oportuno, los yelmos se quitaron.
Yo olvidé los males de Galeno y las cuitas en el pecho, grité mi nombre de guerra en más de una empresa, destajé unas cuantas cabezas. Y en unas de esas costumbres caballerescas , obtuve una flor; semilla. Que de belleza opacará la mía.

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