sábado, 6 de diciembre de 2008

Arhuaquita

No sabía dónde estabas, dónde te había perdido.
Yo sólo podía tratar de recordar la última vez que te tuve en mis manos. Me revolví los cabellos. Me apreté con las manos la cara del desespero. Miré por las ventanas y esperaba que milagrosamente aparecieras. Que recordaras tu camino a mí y volvieras dándome el respiro que necesitaba.
Nada. Ninguna señal. Yo sólo podía sentirme vacía, con los hombros terriblemente solos. Te habías llevado todo de mí. Mi visión perfecta, mis tarjetitas de sociedad, la melancolía y la depresión, mis lentes de sol.
Yo no sabía dónde buscarte, A quien preguntar por ti. Tal vez ya no querías que te encontrase nunca más.
No sabía que hacer.
La próxima no quiero tequila, no quiero verte doble.
Magdalena me decían, yo seguía caminando como la mujer que había perdido su hijo. Creo que fue de tanta lluvia que te me perdiste. Que te dejé por ahí.
¿Que te habrá dicho la noche? ¿Quién te habrá tomado de la manito para darte posada? ¿Habrás pasado mucho frío? ¿Por qué no me gritaste cuando me alejaba, por qué no me dijiste que te llevara conmigo, por qué no me dijiste que no me fuera?
Te lo llevaste todo. Tengo las manos desnudas. El pecho destruido, tanta pena fue el naufragio; caíste en él.
Dejo notitas a ver si alguien te ha visto. Les digo que si lo hacen por favor, que te rueguen que vuelvas a mi lado. Que me dejaste manca. Incompleta.
Sigo mi labor de detective, pero mi testigo sufre de amnesia, sólo recuerda la lluvia; esa terrible lluvia que no cesaba. Esa que nos ennubló los ojos, me hizo tambalear los pies y las manos más que de costumbre.
Que no llore el cocodrilo.
Por fin, un alma de esas buenas me dice que te encontró. Que desde hace cuánto te había perdido. Yo le digo que para mi parecía una eternidad sin ti, pero sólo había sido una noche.
Me dice que te encontró deambulando en el parque; esperando a que volviera por ti, con la mirada de un niño perdido en el supermercado.
Te tomé en mis manos, te abracé lo más fuerte que pude. Volvió el brillo a mis ojos, una sonrisa fugaz. Todo volvió contigo. El peso en mis hombros.
Volví a respirar. Tú no dijiste nada, estabas feliz de no haberte perdido, yo de haberte encontrado. Te conté de la tormenta, tú dijiste que todavía estaba lloviendo. Sólo que era una lluvia fantasma; amante de las escondidas. Me dijiste que parara oreja, que si leía bien la podía escuchar. Yo sentí el pecho desmadejado, escuché un aguacero berraco, bramando, esperando; por que por haber hablado tanto en la noche se había quedado disfónico, afónico, Pobresito sin voz. Se revolvió en nubarrones negros, yo cerré los ojos. El campamento de las gitanillas pronto volvería. Escuchaba sus panderetas mudas, sus castañuelas silentes.
Estabas en mis manos. Sólo podía sonreír, dar rayitos de luz; parir un arcoiris.

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