Hoy Nadia se dió cuenta que no podría seguir caminando de ese modo, sus pies descalzos recordaban la arena, el cosquilleo de las olas despidiéndose en su vaivén.
Vió el asfalto y se le antojó tan gris, tan obvio, tan sucio.
Sus pies llenos de mugre y vidrios incrustados le reclamaban que ese no era suelo para su desnudez. Que después de haber andado por superficies tersas, ya nunca podrían dar pasos por caminitos de lija.
Nadia lo sabía, su memoria selectiva peleaba con la otra, con la olvidadiza; que esta vez no quiso olvidar; cerrar su boquita con un candado y permitirle seguir adelante.
Le sangraban los talones, la planta de los pies.
Decidió entonces ponerse los zapatos; olvidar las dos cosas.
Dió pasos ligeritos, relajados; con los cordones de los tenis desamarrados.
Vió el asfalto y se le antojó tan gris, tan obvio, tan sucio.
Sus pies llenos de mugre y vidrios incrustados le reclamaban que ese no era suelo para su desnudez. Que después de haber andado por superficies tersas, ya nunca podrían dar pasos por caminitos de lija.
Nadia lo sabía, su memoria selectiva peleaba con la otra, con la olvidadiza; que esta vez no quiso olvidar; cerrar su boquita con un candado y permitirle seguir adelante.
Le sangraban los talones, la planta de los pies.
Decidió entonces ponerse los zapatos; olvidar las dos cosas.
Dió pasos ligeritos, relajados; con los cordones de los tenis desamarrados.

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