viernes, 12 de diciembre de 2008

J n s p b

Eso me decía , yo no entendía, no podía detenerla; su pecho estaba siendo lacerado por el agua.
Perdón, perdona, decía ante la mirada enojada dije que no lo haría, pero es que se ha hecho dueña de mí, vino con sus tormentas y temblores, se instaló sin que me diera cuenta. Yo tampoco la puedo detener.
Le vi caminando por la calle vacía, por la noche silenciosa, sin nadie que se percatara de su derrumbe. Creyó que después de comer alguito ya no caería de nuevo, calmaría al monstruo en el pecho, se dormiría.
Le sorprendieron por la espalda; solo podía ver sus pies y el mar. Ese terrible mar interno.
Se dio cuenta que nadie vendría, naufragaría sin que se diese noticia.
Se le deshidrató el alma.
Y ese taladro en su cabeza siguió agujereandole sin compasión; no era por causa de brebajes, era el costo de abrir la llave marina.
Un exorcismo de las ropas de Poseidón.
Tu le sais.

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