sábado, 17 de enero de 2009

Gardenia


Mi hermano me dijo que los buses no eran para dormir. Tal vez tiene razón; son para soñar. Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Debajo de un puente observo un hombre acostado sobre su cartón leyendo; lee las paredes de su hogar, de su cobija, de su abrigo. ¿Darán suficiente calor las letras impresas? como desperdicio el tiempo, estar cubierta, lejos del frío y la intemperie me tienen apática al movimiento.

El frío me hace sonreír, la noche trae recuerdos estruendosos, les pongo la mano en la boca pero aun así siguen gritando. Llueve.

Menos mal siempre tengo una voz en mi mochila, me sumerjo en ella mientras espero. Habla del placer, de la inocencia, de no tener cargo de conciencia. Recuerdo lo leído; una mujer con Ana Karenina en las manos, era lo que la diferenciaba de los demás; su código. Mi prioridad no es llamar la atención, es sólo no prestársela al reloj.

Las calles siguen solas, extraño el sol. La lluvia sacando de su cauce a los charcos me trae melancolía. El frío, el reino de la luna. Las calles adoquinadas, viejísimas.

Nos dirigimos donde siempre, donde casualmente he ido con todos ellos. Casualidades de la vida.

Sábado. Espejo retrovisor.

Cómo decirle que no era a él al que deseaba. No era a él al que pensaba; tengo un candado de tinta indeleble. Pagué el precio, salario. Confesión tardía. ¿Por qué no actúa el mal de la memoria cómo siempre? Al parecer la piel también tiene recuerdos propios, sus preferencias. Así yo no lo admita.

Vuelvo la vista al panorámico, lo que hay en frente. Tomo brebajes de los que había olvidado el sabor. La música repetitiva y ruidosa me deja atontada. Recibo un cumplido, y me toma por sorpresa; lo tomo como un regalo anticipado. Sonrío :)

Y no sé si regañarme o aceptar que no puedo mentirme. Podría ir en contra de mi y de todos, podría ser espantapájaros. Pero ya he muerto, una y mil veces.

Aún así, hay continentes en mi que esperan ser llamados algún día un nuevo mundo.

Recuerdo los sillones rojos, la música de alguna década. Hasta ahí, las imagenes son acompañadas de sonrisas.
Podría pedir perdón a más de uno, ¿pero de qué serviría? No sabía de mis pies anclados.
Es fácil, llenarse de un trago amargo, concebir demonios en el vientre y la sed de sangre. Asesinarlos, cada uno de sus cuerpos, de los míos. Pero la hiel nunca fue mi favorita, sigo con los gustos de oso; almacenando el botín de abejas.
Sigue siendo desproporcional. Coso las plumas que he dejado caer.
Piso el acelerador con ímpetu, dejo atrás la ciudad. Voy al bosque, me reuno con bestias y criaturas que han sido condenadas al olvido.

No quiebro las ramas de los árboles por temor de lastimar algún alma en pena.
Me acomodo, junto al cauce; dejo que bailen las gitanillas y pierdo mis ojos.

Luego como todo tiende a ser bello en un mito, algún dios bondadoso se compadecerá de mí. Enviará al viajero Hermes a darme mi último beso, ese que me convierte en flor perfumada.
Luego, me pone en la solapa de su traje, juntos vamos llevando mensajes. Entro por tu ventana y reconoces mi aroma. Sigues en tu sueño imperturbable. Yo lleno tus pulmones, me respiras y me voy de nuevo con el sujeto de pies alados.

Al despertar tienes la impresión de haber tenido algo más que un sueño; de haber escuchado la voz de un candado rogándote por su libertad.

Bostezas y vuelves a dormir.
Hermes, nunca para.

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