sábado, 17 de enero de 2009

Pica pala, pica pala.

Cuántas veces podría iniciar está página, ya lo he intentado mil veces. Y siempre viene el demonio a borrarlo todo; con esa facilidad de backspace y códigos intangibles que no entiendo.
La tinta y la mano eran acaso más seguras, irreversibles. Con el peligro de devolver la cinta justo antes del momento del génesis, a esa nada cósmica. De una pangea estelar de la que se desprenden galaxias y sistemas, planetas y asteroides.
Jugando al big-bang, una y otra vez. Desechando la creación porque no me plugó el ánimo. Susurrándole delete a saturno y su séquito, al amado sol.
Una y otra vez, la misma sonrisa, la llama hambrienta de una vela. Extinta; comisura de la boca recta.
Un bals, como ese que se mantiene con los cuadros de museo. Adelante y atrás.
"Flores amarillas en una canasta.
Apareces de nuevo, te había dejado en una catedral llena de pájaros blancos en vuelo.
Cierras la puerta y voy a buscarte. No tiene sentido, pero aún así te sigo."
Fragmento de una era. Las otras menos afortunadas no consiguieron quedar en la memoria.
Me pregunto que serán todos estos planetas y constelaciones detrás de su máscara; tal vez nada. Sólo códigos que nisiquiera yo podría traducir. Podría empezar un ubi sunt, desesperada.
El placer del exibicionismo y la compañía tienen su precio; la destrucción y la existencia sostenida por ese atlas frágil y en cualquier momento extinguible.
Aquí unas cuantas verdades, los psicópatas son encantadores y demagogos. Los hermitaños cubren su piel de conchas o ramitas. Las arañas son ciegas gracias a su tacto. Es fácil sentir asco y repulsión por todo el mundo, difícil encontrar el amor y la conciencia por cada ser viviente. En mi vida pasada fui un hombre. Siempre tengo un momento de trance entre el sueño y la realidad que no identifico, donde hay revelaciones y visitas de una sombra.
He muerto varias veces. De pequeña siempre me gustó uno de los amigos de mi hermano.
No me gusta la guanábana, y el libro que más me ha dado miedo fue la Metamorfosis.
Ayer había empezado un párrafo muy bonito, el jueves otro mientras viajaba en el bus. Pero no los recuerdo, tenian mucho sentido, podrían ser el principio de un gran cuento; pero esa facilidad por el olvido los condenó a la horca.
Me pregunto si con todo me redimo así, con el mismo ímpetu y agrado. Con la determinación y la proporcionalidad aumentada. Muchas horas de sueño, poco he escuchado mi voz y la suya.
Ya no la imagino con claridad, se ha perdido como muchas de sus cosas.
Doy pequeños pasos, y se notan claramente mis descansos. Momentos de silencio y cavilaciones sin sentido.
Cuando entiendo de nuevo para qué me sirven los pies sonrío a todo el mundo, converso conmigo y un extraño lo percibe. Suspiro demasiado fuerte, o eso creo. Varias veces el chico de al aldo me volteó a mirar cuando lo hice. ¿Acaso pensaría que estaba enferma de amor? yo ni siquiera sabía por qué tanta hambre por el oxígeno; era cuestión de cuerdas y canciones.
Cuando no lo pienso me sale natural, como innato. Una voz que no es la mía, palabras que me son desconocidas, corceles que llevan sus riendas en la boca; un jinete manco que se deja llevar dónde a ellos les plazca. Placer.
Elle est mort. No se cómo ocurrió, en que extraño accidente de barcos terminó hundida en el mar tirreno. Está allí, helada, pálida con agua en los pulmones. Ya no suspira. Vienen pequeños vertebrados a devolverla al ciclo vital. Y yo, tonta, buscandola por todos lados, gritando su nombre en los callejones. Abriendo puertas, mirando debajo de las camas; de los colchones.
Se llevó algo mío; ladrona. No me hace falta en demasía, pero tal vez más adelante me ponga mi traje de escamas, busque su cuerpo de pez y recupere mi anillo.
Podría acabar esta era, dejar que el demonio diestro la devore en segundos. Pero estoy satisfecha, daré de comer a la memoria un bocadito de planetas.
Nota final: Siempre sabrás dónde encontrarme.

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