martes, 20 de enero de 2009

Sourir

Río como una desquisiada, sola.
Voy por la calle y me cuido de que no me vean; pensarán que ando loca.
Una cosquilla escapista se retuerce en mi vientre, se abalanza a los labios y salpica los ojos.
Como si hubiese ganado en una de esas rifas de piñata, como si mi número de la loteria fuera el escogido.
Me veo al espejo y no soy yo, esa escultura de carne y hueso con piel fina. Ella es linda, pero no en demasía. Pero ella no soy yo, es solo un espejo. Sonrio y ella no me responde. Luego tomo sus cabellos y los ato en una moña.
Ella no soy yo, sufro de prosopagnosia. Yo, nosotras, no respondemos a ese cuerpo, a esa cara, ni a esa boca. Nuestro nombre no fue el impuesto.
La obligo a reir, pero ella no me deja, trata de amordazarme. Se muerde los labios.
Tomo plumas de ganso y le hago cosquillas en su pecho huesudo, en su columna dinosáurica. Ella se retuerce, y controla sus espasmos.
Le susurro cuentos al oido, muevo mis dedos como arañas en la planta de sus pies.
Finalmente no se resiste, estalla en un carcajada, su vientre no deja de zarandearse, de reptar como vívora.
Le falta el aire.
Con una bocanada, vuelve su pulso medio; de corazón tortuga marina.
Miro al espejo nuevamente, ella soy yo.
Tomamos un sorbito de agua de la llave, y de tanto bicho de acueducto nos vamos quedando sin memoria. Yo sigo haciendole cosquillas y a ella parece no importarle nada más.
Corazón de tortuga, marina.

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