jueves, 8 de enero de 2009

Porque El llano es muy lindo (8)

Antes de que pierda el tinte canela en la piel, documento los días de Sol. El choque con el perrito y el miedo por la noche inmensa; por los morichales y las aves que aun son dueñas de los prados.

El ternerito que nació muerto, la desgracia de su madre; y el consuelo de que tal vez sólo era un bovino sin sentimientos y memoria instantánea.

Observo las palmeras en su baile, ese que me encanta de cualquier integrante del reino vegetal que tenga ramas; cabellos sueltos que menear con su amado. Viento.

Viene impetuoso, casi airado; y en una bocanada despeina a su amiga. La bambolea de aquí para allá; sonríe, lo hacen junto conmigo que los observo. Tal vez su placer es infinito al tener tantos espectadores.

Un pajarillo visitante se posa en la hoja más elevada y estirada de la palmera, se queda allí, esperando; con su ingravidez.

Luego viene el viento a amarme a mí. Aprovecha mi piel expuesta y empieza a rozarla, como es cálido no la eriza; sólo la besa. Se posa en mis labios entreabiertos y asciende a la nariz; va directo a los pulmones; da vueltas de carnero.

Deja su aroma impregnado en mis alveolos, su firma de tierra cálida; horizontal. Susurra a los oídos de mis arterias con su vaho oxigenado; me da un bienestar grato en los glóbulos blancos y rojos. Luego en la dulce despedida vuelve al puente entre mi nariz y mi boca, me da un besito andeneado y sigue su camino de corrientes.
Una mariposa que parece hoja por una faz se posa en los arbustos, si no fuera por su abanicar la confundiría con otro órgano vegetativo de las plantas vasculares necesario para la fotosíntesis.
En su vuelo de cortejo atrae mi atención; la miro revolotear cerca a mi vientre, a mis piernas, a mis pies. Ya no le temo, no tanto. Antes el vientecillo de sus alas en movimiento me habría hecho correr tras alguna ventana o puerta cerrada. Habría puesto mi piel de gallina y mis brazos retrayéndose sobre mi pecho horrorizado. Ahora el miedo ha cedido; juntos (mi miedo y yo) dejamos que la lepidoptera se acerque, y rocíe sus feromonas cortejadoras.
Pero cuando son centímetros invisibles los que se hacen cada vez más cortos Miedo vuelve a ponerse sus armaduras y ensillar su caballo; toma su lanza, su escudo y sale preparado para la justa. Recuerda que la mariposa sigue siendo larva alada.
La mariposa en un pestañeo de alas toma distancia; no quiere justar, le da una modorra terrible tomar sus armas. No quiere saber de querellas. El jinete, deja sus armas y vuelve a observar el baile de distancia prudente.
Tengo una mariposa; y tal vez yo sea mariposa para alguien que también sufra de extraña insectofobia.
Vuelvo a leer a Vargas Llosa y su Elogio; viajo en el tiempo, releo frases que subrayé y encuentro que todavía, es más, con más ímpetu las resaltaría. Vienen memorias de la lectura; lugares, canciones, un amor.
Me encuno en la cama que ha perdido una tabla, sufro del mal de espalda y extraño terriblemente mi colchón bogotano; mis cobijas, el confort que produce resguardarse del frío. Me paseo en una página de revista, y toda esa estética me resulta agradable, tiene efectos de otra realidad. Las comidas con la hora del reloj, la charla en la mesa, los chistes. Vacaciones de la rutina; de la mía.
No es que yo quiera acelerarme con el acelerador, es sólo que mi pie no sabe de tacto; no sabe de ese ritual de la suavidad y el avance. Pongo mis manos en el timón, y me deslizo con el barquito de hojalata, padre está preocupado; me regaña por mi arranque abrupto. Por dejar caer el encendido.
Trata de no ponerme nerviosa, de no estresarse. Realmente lo intenta, pero veo asomarse en la musicalidad de su voz tal vez, algún bichillo de exasperación. Le habría dicho reláaaaaaaaaaajate, pero creo que se habría molestado más; así que seguí sonriendo, intentando mejorar el ritual.
Closh, freno; chao frenos, hola primera, suavecito como tocando la piel resentida por el sol, rozo el acelerador y empieza de nuevo la travesía; de aquí para allá, primera, segunda, detenerse. Girar.
Olvidar, por que a mi como todo se me olvida; Tal vez no sea bueno que me suelten un carro, yo con esa memoria de pollo. Padre lo dejo en tus manos, yo no quisiera ser peligro para los demás. segurito que no. No me gusta mucho la velocidad; me pierdo de tantas cosas, Me gusta ir lento, observando desde la ventana. Los montes, montañas o como se llamen. Sus formas que me pregunto ¿por qué seran?
Relieve, siempre me gustó esa palabra. La niebla viene y cubre las montañas, las pone vaporosas y sensuales; veo dos picos de anatomía femenina. Parecida a la mía, me recuerdo tumbada bajo el astro diurno en su desfile sin vapor; mi cuerpo como la tierra que visitaba: llano apenas con algunos huesillos sobresaliendo, con un relieve nada exagerado. Las caderas y su par de elevaciones oseas paralelas.
Cómo podría pensar en todo eso con la velocidad, si yo siempre voy por un camino diferente; lento. Lo mío no son las ruedas, son las alas de las garzas. Levanto mis brazos y siento el aire llevándome con él, me elevo, soy nube. Con mi cuerpo gaseoso voy de aquí para allá, siempre cambiante; aveces conejo, aveces oso, corazón, camello, cocodrilo, flor.
Desciendo todavía ingrávida, soy el pajarillo posado en la hoja más alta de la palmera. Me observo observándome. Lanzo unas notitas y levanto el vuelo; no sé a dónde fui, me perdí en el llano. Mi cuerpo.




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