Me llamo Gea, soy una abeja reina. Fértil y descomunal. Produzco obreros y soldados. Unos llenan celdas de miel, otros buscan néctar; miles se enrolan para defenderme.
Un día menopáusica me retiré del criadero. Observé a mis hijos. Mi panal en guerra.
Con mi cuerpo viejo y cansado de tanto abuso procreativo no pude gritar. Intenté rociar feromonas que trajeran armonía a la colonia, pero no surtieron efecto. Estoy muy vieja.
Me han llegado noticias de una nueva reina. Una que no envejece, y tiene piel cromada. Sus feromonas traen comportamientos terribles a los zánganos y las nodrizas. Las abejas recolectoras estan obsesionadas y abusan de las flores.
Los zánganos olvidaron sus tareas de amor y ahora tienen un ritual que desconozco. La reina no necesita de ellos, es una bruja, se reproduce sola. Da a parir moustros asesinos de voces infernales. El zumbido exagerado tiene a todas las abejas airadas, se entierran sus aguijones y destrozan sus alas.
Cada muerte me va golpeando el vientre, en el que alguna vez los albergué a todos ellos. Las pequeñas larvas no tienen ya quien las alimente. El panal se desmorona por las revueltas y falta de artesanas.
Todas mis amadas hijas se empeñan en conquistar otras colmenas, las pocas que me cuidan y me alimentan pronto morirán.
Llegará el día de mi muerte, y no por mi caducidad.
Mis amadas hijas, vuelvan a su labor de miel, que la hiel en las celdas está contaminando la colonia. Destierren la falsa reina. Escuchen a esta vieja abeja. Guarden sus aguijones para los osos ladrones.
Sólo puedo esperar mientras muero en cada muerte que alguien escuche mi zumbido, mi llamado a la paz. Lloro sólo como las abejas podrian hacerlo. Mi dulce alimento ahora solo es nostalgia.

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