El león siempre dejaba que el confiado domador abriera sus fauces e introdujera su cabeza en ella, mientras tenia de par en par sus colmillos y la garganta cosquilleante por el pelo del sujeto, pensaba en cuanto tiempo seria esta vez, en cuando acallaría esa voz maliciosa que instigaba a devorarlo a mostrar su pericia, su poder de rey, aunque esta ya no fuese su selva, y el temor hacia él fuera un mito. El de la cara blanca, su amigo, el domador, era cuidadoso, benevolente y amigable, siempre traía la comida a la misma hora, daba el descanso apenas caía la noche y hace mucho que no usaba el látigo (solo en ciertas ocasiones pero no para lastimar), aun no se si el error fue suyo o mío por no advertirle, pero he de contar lo sucedido y la tragedia por la cual ya no vivo en el circo.
Llevábamos varios años en el espectáculo, ya conocía de memoria las caras tristes y serias de los payasos, su identidad sin maquillaje y nombre en el pasaporte, veía a diario el desfile de caballos, memoricé el discurso del maestro de ceremonias, las piruetas del trapecista y los trucos del mago, quien a pesar de su magia aun no conseguía hacer salir un conejo del sombrero. Era un sábado, noche abarrotada en algodones de azúcar, palomitas de maíz y niños con sus padres, taquilla agotada y puestos ocupados. Después del acto de los elefantes venia el mío, y justo después el del domador y su león, y por ultimo cerraba la bailarina de los trapecios a quien no pude ver actuar la ultima vez.
Hace una semana que el león no comía, repudiaba la carne de buena calidad que venían todos los días a traerle, o bien comía un poco, apenas la tocaba, y la hacia a un lado, al parecer ya no le satisfacía, pero como dicen y dirán, el show debe continuar, así que sin importar cuan hambriento estuviese el león el domador soltó su cadena lo condujo a la arena y sacó su látigo, hicieron la parodia de siempre, la fiereza que ya solo era dote histriónico, el temor y la valentía que ya fuera de ser hazañas eran solo otro ingrediente del caldo teatral, pero esta noche el actor olvidaría su papel, y fuera de improvisar por talento lo hizo por instinto.
El cuadro mas o menos fue así, el látigo instigaba como de costumbre a que el león rugiera con fuerza e hiciera alarde de sus garras, luego que se rindiera y posara como un minino dejaba que el hombre se acercara y mostrara al público sus dientes, luego procedía a abrir sus fauces e introducir su cabeza dentro de ellas, fue en ese instante donde noté algo distinto en los ojos del león, volvían a ser los mismos que los de hace mucho tiempo cuando recién llego del África, vivaces, airosos, de pronto sintió el sudor del hombre en su boca, su olor a banquete servido en bandeja de plata, y no pudo evitarlo, arrancar de un solo mordisco su cabeza, olvidando así la amistad condicional que tenían, ese juramento tácito en el que él era ya otro humano y no un animal, olvido y volvió a ser quien por esencia era, así que en ese terrible momento de sangre y gritos despertó y se vio de nuevo en su selva, así que corrió como loco buscando la presa más jugosa, yo, emprendí la fuga, me trepé en la escalera y observe la cacería, la estampida de gente saliendo de la carpa y los elefantes sobrios, observaban anonadados, como recordando un aire, un peligro de antaño, los payasos tenían una sonrisa aterrorizada, una confusión entre el maquillaje y la mueca de susto, yo, agarré el trapecio y nadie vio mi proeza, aquel milagro impensable, pero cuando ya la fuerza me traicionó fui a aterrizar en el escondite menos pensado, en el que nunca por reacio capricho quise entrar, por que ya toda la magia estaba en mi sin necesidad de estar dentro del sombrero así que el mago hizo su magia y desapareció con su sombrero y conmigo y aparecimos en otras calles, otros suelos y otras gentes, claro que de esto nadie se percató, por el alboroto por supuesto, el mago cargándome en sus brazos (por que me rehusé a seguir en el sombrero) me dijo con tono cansado y quedo:
-“no todo milagro es producto de magia, a veces es solo una mascara momentánea, un estado, por que el animal siempre será animal así no lo recuerde en un momento, y bien, querido conejo, es mejor no confiar, por que quien tiene dientes y garras y alardea de ser un rey un “don Juan” lo seguirá siendo así le hipnotice o use mi varita mágica, que como lo sabrás funciona de verdad”-
Viendo ese discurso egocéntrico y con ánimo de sabiduría, di un salto y me sumergí en el sombrero, de donde el mago, por más que lo intentó con su varita, nunca volví a salir.

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