Ella.
Está tendida en la cama, ovillada como un gato, debajo de todas las cobijas, su padre no entiende por qué insiste en usar almohadas si siempre termina en el centro de la cama, doblada recostándose en Ella, sirviéndose de sus brazos como almohada, de sus brazos como abrazo.
Retorna sobre ella misma, vuelve a la posición del momento previo al nacer para encaminarse al morir.
Su respiración es lenta, ya casi cruza el umbral, se va despidiendo de los estudios de manzanas Newtonianas, se desliza dentro de si, y la luz se va consumiendo poco a poco, se va quedando ciega, se va quedando muda.
Luego entra con un pasito, su memoria está boba tal vez esté enamorada, las imágenes son caóticas, son como una ruleta y ella es la pobre ficha que rueda es esa polaridad ébano-escarlata, y tiene la fuerza de un algodón de azúcar, se revuelve en si misma pero es solo ilusión, una dulce.
Luego, una manzana roza su cabeza.
No ha entrado, pero tampoco ha salido.
Sus pulmones están conversando, apenas susurrando, le cuesta escucharlos, están agotados.
Y ella vuelve furiosa, atemorizada.
Terror.
Es lo único que puede sentir, le falta el aire, se ha descuidado y sus obreros se tomaron un descanso prohibido.
Se desespera y toma un gran respiro, siente la manzana golpeándole la cabeza, siente el golpe propagarse por todo el cuerpo.
Está despierta.
Y siente que casi muere, que si se duerme tal vez su corazón ahora sea el que se ponga de perezoso, de huelga y aproveche su aturdimiento para atacar.
¿Y cómo le llamaría ella de vuelta? como lo fustigaría a que trabajara de nuevo, si es que está acostumbrada a inspirar y expirar a su antojo, pero esa materia ventricular, ese empujón constante de líquido viscoso oxigenado o ahogado no lo conoce, ¿por qué no puede tener control de su propio corazón?
Sería una responsabilidad terrible, cuánto suicidio espontáneo no habría por ahí.
Pero y entonces quién es el que decide el tumb.tumb. tumb. tumb.
¿cuándo tendrá que ser: tumb......tumb......tumb. ....................................tumb.?
Ella, siente entonces propagarse ese empujoncito por todo su cuerpo, y está agradecida, no está muerta, conversa con el músculo milagroso, le endulza el oído, le promete, le lanza cebos, lo anima para que no le deje, le tienta con salarios, vacaciones y primas.
Él, buen trabajador se deja convencer.
Así, ella, por fin, puede embarrarse con polvo de luna, dormir tranquila.
Muere. Se abandona con una confianza peligrosa, le da las llaves a sus guardianes perpetuos.
Hasta que de nuevo al otro día, este nadando en manzanas.

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