Papá solía asistir a las reuniones en el galpón “5”, casi todos iban allí los fines de semana, aunque no faltaban los que desde un lunes alquilaban silla y mesa para quedarse hasta que despuntara el alba, papá, aparentemente era duro y sin miedo, pero muy en el fondo seguía siendo lo que era, un gallo, vestido de plumas coloridas, mujeriego y peleador.
El galpón “5” era un lugar donde se reunían a ver las peleas, allí se hacían apuestas, se conocían gallinas, unas muy bonitas y otras que no servirían ni para un sancocho, quien atendía era el gallo Ernesto, estaba algo viejo y loco, según algunos, por que ya no cantaba cuando salía el sol, sino cuando avistaba la luna, “Debe ser tanta bebida” afirmaban algunos entre risas,
Ernesto servia los tragos y era el dueño del galpón desde hacia varios años, nunca entendí sus chistes de mal gusto, ni me gustó su –kikirikí- desafinado, pero al parecer esto no le importaba a los demás por que siempre llegaban con maíz entre las plumas para cambiarlo por la famosa bebida. Amarga, oscura y mágica (según lo que he podido observar), costaba alrededor de diez granos de maíz una botella, pero al probar la primera, las aves no se contenían, seguían y seguían sacando el maíz de sus bolsillos para conseguir más bebida y bailar al son de la banda local (conformada por un grupo de ratas campestres). Los efectos de esta bebida eran intrigantes, al parecer creaba ilusiones a quienes la bebían, o bien la botella contenía un demonio que se apoderaba del que la bebiese por que más de un pleito se armó a las puertas del famoso galpón. Para empezar, las gallinas y los gallos veían borroso, luego, seguían por ver sus plumas más hermosas y largas, de distintos tonos verdes y dorados, sus cabezas eran adornadas por una corona de plumas azules y su porte de repente cambiaba, ¡eran pavos reales!, bueno al menos eso era lo que creían, se pavoneaban de aquí para allá, haciendo conquistas, diciendo verdades y mentiras que sin la bebida mágica nunca se atreverían a inventar, olvidaban quienes eran, pero desde donde yo lo vi, seguían siendo lo que eran ¡GALLINAS!, Al otro día, recobraban la vista y la conciencia, pero sentían sobre su cabeza el dolor de una corona de espinas.
Normalmente papá después de algunos sorbos sacaba sus espuelas y retaba al que fuera lo suficientemente macho para enfrentársele, nunca nadie le ganó en una pelea, era el mejor luchador, bueno, al menos en sus días de gloria, la verdad ya estaba viejo, pero él seguía viviendo en el pasado, se daba fuerza de la botella, y salía al ring de pelea, polluelos novatos diariamente le daban una paliza, pero él, terco y obstinado seguía sacando sus espuelas para retar al más fuerte, sin darse cuenta que la fuerza había abandonado sus plumas.
Un día gastó todo el maíz en el galpón, mamá se puso furiosa, cacareaba como loca, y desde ese momento no volvió a hablarle.
Todos consideraban a mamá como un bicho raro, por un tiempo le dijeron el “patito feo” pero se dieron cuenta que ni era pato ni era fea, ni mucho menos podría ser cisne, así que la llamaban despectivamente como “esa”, pues resulta que “esa”, mi madre, tenía algo diferente, nunca gustó de ir al galpón, tal vez por que nunca tuvo maíz ni para llenar el pico, de pequeña solía ir a un árbol de mango, que quedaba cerca a su casa, salía escondidita por las noches mientras las otras dormían a “pata suelta”, y visitaba al búho, lo llamaba “abuelo”, en verdad no era nada suyo, pero estaba tan viejo y era tan bueno, que de cariño le había dado ese nombre, además nunca supo cual era su verdadero nombre.
El abuelo charlaba todas las noches con mamá, le contaba de los paisajes más allá de la cerca y los galpones, de las trancas y las trochas, de los abrevaderos y los montes cercanos. Mamá vivía soñando en que un día despertaría y podría salir volando del gallinero, que por fin sus alas servirían de algo y sus ojos pequeños e inútiles crecerían para ser grandes y hermosos, perfectos para volar en las noches junto al sabio búho. Mamá no era una “gallina”, no, para nada, ella no necesitaba de brebajes mágicos para saberlo, en su interior vivía un ave superior, capaz de observar con vista panorámica los campos y demás animales que ignoraban por completo el mundo.
“¿Que te traes con tanto misterio?”- dijo un día la gallina Cecilia a mamá- “Hace días que no te paras del nido ni para comer, ¿Qué es lo que escondes?” -preguntó desconfiada- “¿Qué es lo que tienes debajo de las alas, no habrás robado algo?”- dijo mientras acercaba su pico metiche a las alas de mamá.
“Aquí, debajo de mis plumas, tengo un cofre, lleno de riquezas, es el tesoro más grande que alguien pueda imaginar, es el pasado, el presente y el futuro, es la ilusión, es el amor, es la sabiduría, un regalo de dios…”, Cecilia abrió los ojos y dijo: “Usted lo que tiene es un hu…”
“¡SILENCIO!”- interrumpió mamá, en ese momento alzó su ala, un huevo pequeño y extraño para ser de gallina estaba quebrándose, -cric…crac- asomé la cabeza por el cascarón, por primera vez vi el sol y el rostro de mamá, era hermosa, como siempre la había imaginado.
“Es horrible”- gritó horrorizada Cecilia-
“¡No!, es hermoso, es un búho, te lo dije: un regalo de Dios, un milagro”-mamá cacareaba de alegría, se acercó a mí y dijo susurrando: “Tu si podrás salir volando de este chiquero”, beso mi frente y volvió a cubrirme con sus alas.

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