domingo, 9 de noviembre de 2008

Suicidio

Tomo estas puntillas oscuras y las entierro en las yemas de mis dedos, ellos se desangran, convulsionan armoniosamente, con esa memoria para digitar cada puntilla y obtener una gota de sangre distinta que de una tonadita al caer y salpicar en el piso, sigo haciendo esto, y se que estoy muriendo, que me estoy matando, que me até un lazo al cuello y dejé que mi corcel me arrastrara, y hay tanta presión en mi garganta que mi voz perece, cae súbitamente al abismo, ilumina por el instante en que tiñe una gota al piso y luego desaparece.
Y usted en este momento se da cuenta y me quita la soga del cuello, se da cuenta de mi palidez y mi falta de movimiento, entonces desesperadamente trata de revivirme, de conciliar mis pulmones y mi corazón, y hace el milagro, me revive, es un santo.
Recupero algún Sentido, no pero ya nunca seré yo, ahora siempre tendré que verme desde sus ojos y usar su voz, por que por caer del caballo perdí la mía.
Pero le debo la vida, le debo mil vidas, y otras tantas voces, por que cada vez que acude en mi ayuda y evita que me ahogue me está dando a luz de nuevo.
Nunca podré agradesércelo por que en el momento en que me acuna en su retina, o en el caracol de su oído yo desvanezco, soy inmortal, imperecedero, pero inalcanzable, una burbuja de jabón que se posa en sus manos para estallar en un espectáculo jabonoso.
Una ilusión que lo alimenta, que se alimenta de usted.
Soy en este momento de puntillas y sangre, y seré de nuevo cuando su curiosidad recorra este cuerpo de grafemas y fonemas. Y siempre que nos encontremos tendremos que presentarnos de nuevo, por que cambiaremos tanto que no nos reconoceremos.
Soy aquí y ahora, luego siempre muerto, siempre resucitando, con diferentes caras , con diferentes voces.
...bueno pero no pretendo caer en el existencialismo del texto... ese hijito siempre huérfano, que luego de ser dado a luz es abandonado en una canastilla con una espada y demás donas que le ayuden, acogido, amado, y luego puesto nuevamente a la deriva, en el umbral. Hasta que vuelva algún comensal hambriento, algún santo, algún alma caritativa que le devuelva la vida, o estancia en tierra firme por un instante.

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