Te arrancaste los ojos sin ningún dolor, como si nada, los pusiste en tus manos y se los ofreciste a un hombre avariento, él los tomó los puso en un frasco y salió del edificio, yo lo observé por la ventana, se dirigió a un local donde vendió tus ojitos, los cambió por un fajo de billetes y una sonrisa aún más sedienta de papeles verdes. Salió del local gritando, abanicándose con su fortuna. Presiento que también se había quedado ciego.
Tu te quedaste allí parado, yo estaba sentada en un escalón de esa escalera que quien sabe a donde llevaba, y mis ojos se deshacían en goterones que golpeaban la losa fría, la inundaban, te preguntaba que por qué lo habías hecho, tu no decías nada, no podías verme...por supuesto que no, es solo que ni siquiera sabias que yo estaba allí. Seguí gritándote, preguntándote, pero al parecer también estabas sordo.
Luego subí, o aparecí en ese lugar horrible donde te tenían, junto con chicos monstruosos, peligrosos, las paredes eran de un café desteñido horrible, las literas con los colchones revueltos y los pequeños eran demonios revolcándose, gritando, corriendo, era una jungla reclusoria.
Alguien me indicó donde estaba tu habitación, yo seguí esos pasillos interminables, y sentía que cada vez más me adentraba en un espacio incoloro, insonoro. Sentí pavor.
Encontré una silla, y allí una nota, decía: "Aquí podrá mecerse, sentarse, atender al vacío mudamente, tal como un estudiante debe ser"
Entonces apareciste en la silla, observé las cuencas vacías de tu rostro, la sangre aún te teñía la piel, pero no expresabas ninguna pena, solamente estabas allí como una estatua y yo no sabia como hablarte, no podía, no podías escucharme, no podías verme.
Así que vino un hombre para servirme de intérprete pero yo no pude decirle nada, me deshice en goterones que golpeaban el piso, no sé si él te tradujo eso, ojalá haya podido por que fue lo último que te dije.
Tu te quedaste allí parado, yo estaba sentada en un escalón de esa escalera que quien sabe a donde llevaba, y mis ojos se deshacían en goterones que golpeaban la losa fría, la inundaban, te preguntaba que por qué lo habías hecho, tu no decías nada, no podías verme...por supuesto que no, es solo que ni siquiera sabias que yo estaba allí. Seguí gritándote, preguntándote, pero al parecer también estabas sordo.
Luego subí, o aparecí en ese lugar horrible donde te tenían, junto con chicos monstruosos, peligrosos, las paredes eran de un café desteñido horrible, las literas con los colchones revueltos y los pequeños eran demonios revolcándose, gritando, corriendo, era una jungla reclusoria.
Alguien me indicó donde estaba tu habitación, yo seguí esos pasillos interminables, y sentía que cada vez más me adentraba en un espacio incoloro, insonoro. Sentí pavor.
Encontré una silla, y allí una nota, decía: "Aquí podrá mecerse, sentarse, atender al vacío mudamente, tal como un estudiante debe ser"
Entonces apareciste en la silla, observé las cuencas vacías de tu rostro, la sangre aún te teñía la piel, pero no expresabas ninguna pena, solamente estabas allí como una estatua y yo no sabia como hablarte, no podía, no podías escucharme, no podías verme.
Así que vino un hombre para servirme de intérprete pero yo no pude decirle nada, me deshice en goterones que golpeaban el piso, no sé si él te tradujo eso, ojalá haya podido por que fue lo último que te dije.

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