Te me vas en girones de ropa oscura y cristales rotos,
le abrazas al tiempo que te desvaneces cansada de contemplar su espalda,
los hilos de viuda negra se deshacen, desvistiéndote
y la lluvia fosilizada cae al piso en un susurro de lenguaje.
Y has olvidado su cara.
Son su nuca, su cabello, primera y última imagen que no transmutan
ese andar inalcanzable que de repente tus pies quieren seguir como fiel escudero,
Pero son pies torpes, agrilletados, enraizados, que no retumban sobre el suelo.
Tu esencia volatil, delicadamente contenida en esa pausa;
terca, rebelde abandona el límite, se pierde en la corriente sin forma, sin qué la contenga.
Y es todo.
Tu estadía es castillos de sal, y huidas repentinas.
Te me vas en girones de eterna oscuridad y en salpicaduras de vidrio
cabalgando en un palafren airado
a una insola de la que no hay vuelta.
Y yo luego de tal duelo, tengo el pecho deshecho, los ojos perdidos, sinsabor ya nisiquiera me pesa el desvelo.
La madrugada nunca fué tan liviana para las pestañas, apenas hilillos de araña unen mi torax y recuerdo como respirar, es tan pesado este nuevo aire, se me antoja grosero, helado, perturbante.
No quiero tomar el batel de vuelta,
así que el mar me toma de las orejas
me obliga a recorrer su piel revuelta
vuelvo, pero no te veo, estas muerta.
Y yo, tan libre...

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