lunes, 24 de noviembre de 2008

Reparando una sonrisa



“Es mejor que vayas al dentista, tu problema es serio”- me dijo preocupado un compañero de trabajo- “Si no vas pronto me temo que serás remplazado”
Una preocupación alarmante invadió mi cuerpo, estaba frío y pálido como la plata, acaso ¿podrían prescindir de mi? ¿Tanto les importaba el estado de mi dentadura?
Me miré al espejo del baño e hice la mejor de mis sonrisas, bueno, no estaba tan mal pero sabia que para ellos no sería suficiente.
Llamé al consultorio dental y arreglé una cita para el martes de la semana que entraba.
Mientras, seguí con mi rutina, con los reproches diarios de los jefes por la baja en mi desempeño, por que ahora, por mi culpa tendrían que ensuciarse las manos.
Todo iba empeorando, cada día antes de salir al trabajo me miraba en el espejo y practicaba mi mejor sonrisa que había perdido su brillo con el tiempo, ya no era motivo de orgullo, no reflejaba la belleza habitual de antes.
Pronto, llegó el día de la cita, acudí con ansia, en la recepción me hicieron seguir inmediatamente al consultorio del doctor A, al verlo lo saludé y me percaté que tenia una sonrisa impecable, quería que la mía quedara tan bien o mejor que la de él.
“Siéntese por favor” dijo el doctor A señalando la silla reclinable, puse mi cuerpo alargado y delgado en la silla y esperé a que la auxiliar pusiera el babero en mi cuello, me recosté y vi como se encendía la luz, el doctor A. revisó su indumentaria, tomó un ganchillo junto con un espejuelo y empezó su inspección “Esto va a ser todo un reto” -dijo el doctor A.- “pero no te preocupes cuando salgas de aquí las lagrimas de dolor se remplazaran por una bella sonrisa. Tendremos un largo trabajo hoy”
Tragué saliva y miré al techo buscando algo en que distraerme, justo en una esquina estaba una pequeña araña, no sabia si sentir miedo o querer ser ella, la idea de ir al dentista nunca me había alegrado demasiado, la observé por un buen tiempo y me pude ver con ocho patas colgada de la pared escapando del consultorio y el dolor de muelas.
Doctor A. tomó ese aparatillo que hace un ruido infernal y lo sumergió en mi boca, yo apretaba mis manos nervioso y cerraba los ojos, -Debe ser gracioso, ver todas las caras que hacen los pacientes, sus muecas de susto mientras mantienen la boca abierta y son totalmente vulnerables- pensé. “Tendré que aplicarte anestesia” dijo el doctor mientras sacaba una aguja, la llenó y sin avisarme la clavó en mis encías, dolió al principio después sentí que la mitad de mi boca ya no era mía, la auxiliar introdujo un aparato en mi boca para drenar la saliva, y el doctor empezó a romper y resanar de aquí para allá, después de algunas horas de trabajo doctor A. terminó de pulir mis dientes, me reincorporé, aun tenia la mitad de la boca dormida, balbuceé las gracias, firmé la planilla y cancelé el dinero pactado al doctor.
En casa, observe nuevamente al espejo mi sonrisa, estaba como nueva, todos mis veintidós dientes relucían alegres, ahora ya no podrían decirme nada en el trabajo. Esa tarde acudí de buen humor, me encontré con mi compañero y nos dispusimos a empezar con nuestra tarea, en el camino nos encontramos con los jefes que nos condujeron al recinto de operaciones, allí estaba dispuesto sobre una mesa el objeto a tratar.
“¿Listo?” preguntó mi compañero.
“Por supuesto”- respondí con un brillito en mis dientes.
Así que empecé con mi labor, corté de aquí a allá con la ayuda de mi compañero, que sostenía la masa que tenia que diseccionar y después la llevaba justo a donde tenia que ir, a la boca del jefe, quien me felicitó por mi desempeño, “Que buen cuchillo”-apremió, miré a mi compañero, el Tenedor y sonreí fijándome en sus tres filudos dientes, -conservaría mi trabajo después de todo-

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