lunes, 24 de noviembre de 2008

"La Noche"


-Te oigo, llega tu voz como una saeta, certera, llega a aquel momento en que dejé de escucharla, cuando caían los papeles de colores, cuando el rostro de aquel joven que se parecía tanto a papá se desvaneció entre las manos de mamá, y lloro por su pérdida, por que comprendo que se ha ido para siempre, que ya nunca volverá con su sonrisa, con sus canciones, ni con la guitarra.
Me veo ante el espejo, ese en el que siempre jugaba a disfrazarme, a reinventarme, puedo ver mi figurilla morena, mis ojos grandes y negros, la coronita en mi cabeza y el vestido de princesa; lo recuerdo, puedo ver a mi madre entrando abruptamente, dando la noticia de su muerte, -esta muerto, ¿no lo ves?-
¿Para qué pediste que volviera a este mundo? te escucho, pero estas tan lejana, ya no puedo recordar tu cara, o tu voz, ni las canciones de las que tanto hablas, soy Juana, pero no la huraña, ni tampoco la fantasiosa, tus palabras me vienen como la de la gente adulta, y recojo pedazos pero no te entiendo, he olvidado tus inventos, tus imágenes, y las conversaciones con papá, yo no escucho su guitarra, ni encuentro al gatito.
Ya no veo tus paisajes, ya no tengo tu mente mitómana, he crecido, soy otra Juana, abrí los ojos y te dejé sola, pero es que callé por mucho tiempo, dormí mis propias fantasías, vi en silencio como todos se iban, como tu no dijiste nada, como no afrontaste la realidad e hiciste que todos se fueran; por que estabas loca.
Ese día que se llevaron el cajón con papá adentro te lo dije, te dije que ya no había nada que hacer, pero tu insististe en que no, que papá estaba vivo, y no quisiste escucharme, terca desde ese momento hiciste de nosotras pura fantasía, y la realidad seguía avanzando, el mundo girando y tu queriendo que se quedara quieto, era de prever que las cosas terminaran así.
¿Ves cómo la monja se acerca? trae algo en las manos, un espejo, por que yo se lo pedí, vamos mírate desde mis ojos ¿acaso ves castillos y princesas?, yo no veo nada Juana, solo veo nuestros ojos negros buscando reconocer esa cara morena, ese cabello largo de color ébano, largo por todos los años que han pasado, y nuestra sonrisa perlada, que se suaviza cuando escucha las campanas.
Vamos hoy es día de visita, hay que salir al parque, a dejarnos ver del sol, a que el frio acaricie nuestras mejillas hasta ponerlas rojas, camina conmigo por ese pasillo blanco mientras las monjas van de aquí para allá como hormigas.
Ahí esta mamá, bella aun pero ya no sonríe, siempre viene y me dice que lo ha perdido todo, que por mi culpa Mateo se fue, que por mi culpa se ha quedado solterona, que desde que me fui de casa los inquilinos no duran más de un mes, que ella junto a la pensión se estan cayendo a pedazos, que mi gato es el único que se ha quedado para ayudarla con los ratones, por que don Jesús agobiado por tanta pena, por perder la imagen de su hija conmigo se fue a morir a su tierra, esa que no tenia nombre, pero tenia todo de él. La última vez que vino dijo que había vendido el cuadro de la señora, pero no nos importó, recuerdo los ojos azules y los imagino yéndose a instalar a algún cuarto, al estudio, o al comedor de algún desconocido; estabas dormida y por eso no la escuchaste, pero creo que fue lo mejor.
Pasamos por su lado y ni se dio cuenta, tiene la mirada perdida y juega con sus manos desesperadamente, seguimos siendo el mismo fantasma, mira como se asombra al ver que ya la monja nos ha llevado a su lado, llegamos como una balde de agua fría. Mamá abre los ojos como platos, se arregla el cabello y nos mira de arriba abajo, esperando encontrar algún cambio, alguna señal de que por fin después de tanto tiempo hemos recordado la cordura, y saldremos caminando derechitas sonriendo, saludando a la gente con la mano, hablando de lo lindo que esta el clima, y de cómo hacer para acabar con la hambruna que azota el pueblo.
-Al menos ya estas más blanca- es lo que se dice para consolarse, ya no se avergüenza tanto de nosotras ¿no lo notas?, es tal vez por que puede reconocerse, le servimos de espejo, uno de carne y hueso, uno con el que el tiempo ha sido indulgente, por que en vez de apagar nuestra belleza se dedico a cultivarla, a compensar nuestras perdidas, pero ¿para qué? de que nos sirve si ya no nos gusta mirarnos al espejo, si la mujer que vemos allí es una extraña, si tiene curvas que no recordamos, debajo de esa túnica blanca resalta nuestro pecho agraciado, y las caderas que no viste crecer por que siempre te quedaste con ese cuerpo de niña.
-Juana, Juana- dice mamá mientras nos sienta la monja en la silla que esta frente a ella, apenas volteamos para verle, ya una serie de líneas se sumaron a las finas facciones de su rostro, vemos como su boca se va moviendo, pero apenas llegan algunas palabras que retenemos y examinamos, como haciendo un control de calidad, para luego guardarlas o mandarlas al olvido.
-Te he traído al gato- nos dice mientras toma una caja de suelo y la abre para sacarlo, ha crecido, ¿puedes ver como sus patitas acolchadas se han transformado en armas y los ojos enormes se reflejan en los tuyos como buscándote?, él también te llama, te pasa por entre las piernas, maúlla y salta a tu regazo, ¿ya lo ves?, sabe que aun sigues por aquí escondida Juanita.
-Tomás- dije, el gatito nos miró, entendiéndolo, aceptando que de ahora en adelante respondería a ese nombre, ahora era nuestro, ya no se iría, aunque nunca lo hizo, pero ahora estábamos seguras, ¿puedes escuchar como ronronea y busca caricia debajo de nuestras manos?, él si nos recuerda sin importar cual de nosotras fuera la que estuviese tocando su pelo terso.
¿Viste la cara de mamá? Creo que nunca la había visto tan blanca, mira como habla y nos toma en sus manos para estrujarnos, para peguntar si es que ha ocurrido el milagro, si es que hemos recobrado la cordura.
-Llévame a casa- le dije mientras la miraba los ojos, esos mismos ojos míos que ella tanto deseó con el alma que fueran de otro color. Mamá nos tomó en sus brazos como si hubiera encontrado el pequeño que se extravía en un centro comercial, o en la multitud del parque cuando hay ferias, fue la primera vez que sentí su calor, el olor de su pelo atigrado por los años, y sentí por primera vez que estaba alegre por nosotras, ¿puedes sentirlo tu también? Mira Juanita creo que ella también ha vuelto, ha encontrado el camino que perdió al parirnos, ahora ella es madre, y nosotras por fin sus hijas.
En el cuarto está la silla en la que pasamos los años, esa de la que tanto me pedias que me parara para ir a bailar Juanita y como yo no te hacia caso llorabas, me empujabas y tirabas de mis manos para que me moviera, pero yo era tan pesada, estaba plantada al asiento con raíces tan grandes y tan gruesas como las del árbol viejo que vive en el centro de la plaza del pueblo. Junto a la silla está la cama, ese armazón de tablas viejas y un colchón duro en el que tanto perseguí sueños translucidos para poder huir de mi sueño oscuro y perpetuo, ese que me causo la pena. Sobre la cama está la maleta, esa en la que ahora nos cabe la vida junto con tres vestidos, un abrigo, una toalla y un cepillo. Es como si recogiéramos las migajitas de pan que quedan cuando se levanta la mesa al desayuno, son nuestros rezagos, huellitas de lo poco que hemos andado, ecos de lo poco que hemos hablado, y mugre de tanto polvo que nos ha caído encima. Ya podemos quitarnos esta bata blanca, podemos quitarnos este disfraz, por que este es el único que conozco Juanita, uno que nos hizo pasar por un mueble más.
Siento la mano de mamá suave y fina, caminamos por las calles que han crecido, y los autos pasan rápidamente por nuestro lado como bichos apurados que persigue un niño para pisar con su zapato, el ruido nos llega como el zumbido de miles de mosquitos que vienen a amenazarnos con sus boquitas de aguja y por fin veo la pensión, la puerta grande y la aldaba pesada, el jardín vestido con margaritas y claveles, vamos Juanita, está casi igual que como la recordábamos, el comedor, la sala, y la escaleras; ya no tengo miedo Juanita puedo subirlas y bajarlas, ya no temo que los escalones desaparezcan y me lleven como tobogán hacia la boca de un animal horrible y apestoso.
Aquí esta nuestro viejo cuarto, ahora es un San alejo, un arrume de objetos, cajas, muebles, sabanas; igual que tu memoria, cubierta de tanto tiempo, perdida en el olvido.
Pondremos una cama y sacaremos todos estos cachivaches, pintaremos, abriremos las ventanas y todo quedará como nuevo.
Sigamos recorriendo la pensión, mira los viejos cuadros de Mateo, siguen en su habitación, mamá no fue capaz de venderlos excepto el de la señora, el que más te gustaba, tal vez por eso se deshizo de él Juanita.
Pero los otros cuadros siguen colgados, enmarcados, cubiertos por cristales para que no los dañe el tiempo, veo sus rostros pero siento nada, ni veo que se muevan o me inviten al baile, son un montón de trazos vestidos por bonitos colores, cumbres de luz por aquí, abismos de sombra por allá, curvas y líneas, pinceladas, relieves que nunca seguimos con las manos por miedo a dañarlos. Son los recuerdos de Mateo, una parte de él, y por eso mamá los guarda, esperando que algún día vuelva por ellos, por ella, que con el tiempo también se había convertido en un retrato, igual al que él pintó, inmutable, estático, con la expresión que nunca abandona la esperanza.
Mira el viejo comedor, ahora los comensales se limitan a tomar sus platos, beber con prisa la sopa, comer tan rápido como pueden el seco sin mirarse los unos a los otros, se evaden, no sonríen; ya no sabemos quienes son todos ellos, hay un señor viejo bigotón, una viuda y sus dos hijas solteras y por ultimo la amable Leonor, la viejita que vende empanadas en la esquina, la única que nos sonrió cuando entramos y nos ofreció algo de comer, pero le dijimos que no, negando con la cabeza y esbozando una sonrisa por que tanta conmoción nos había revuelto el estómago y el corazón
Mamá recogió los trastos y los lavó ella misma, ya no ayudaba nadie en los quehaceres de la casa, el dinero era escaso y con los años fue menguando cada vez más, al igual que su orgullo, que cedió ante las penas y la necesidad.
Ya no volveremos a la escuela, es demasiado tarde, pero la señorita Alicia la hija menor de la viuda a prometido enseñarnos a leer y escribir de nuevo, por que ya hace tanto lo aprendimos que quedó en terrenos de arenas movedizas, de ríos inquietos, de sabores conocido pero lejanos, de tesoros escondidos en lugares que no recordamos.
La señorita Alicia nos enseña todas las tardes, y nosotras con un cuadernito y un lápiz vamos haciendo los ejercicios, copiando los dictados, y corrigiendo los errores en planas, luego arreglamos el cuarto de la señorita y le lavamos la ropa, ese era el trato; por que a ella se le partían las uñas si hacia mucho oficio, para ella y para su madre era más importante que saliera de gancho a caminar con el joven hijo del dueño del hotel que estaba tan de moda , el joven Ricardo, que casi todas las tardes llegaba en su carro elegante, pitaba dos veces para que saliera Alicia y la llevaba a pasear por los parques y luego al cine, o por lo menos eso era lo que nos decía mientras nos daba su clase.
Las primeras semanas estuvimos atareadas de aquí para allá, recogiendo el mugre, barriendo, trapeando, ayudando a mamá en la cocina, estudiando en el tiempo libre y reparando nuestro cuarto; del sótano rescatamos nuestro viejo espejo y la guitarra de papá, la colgamos de la pared, estaba allí para recordarnolo, por que era un pedacito de él, al igual que los cuadros de Mateo.
Cuando la señorita Alicia nos enseño lo necesario mamá nos consiguió un trabajo en el teatro, donde a veces vendíamos las entradas o ayudábamos a los espectadores a encontrar sus sillas, veíamos ir y venir la gente, los billetes y las horas que pasaban lentas como esos minutos que no quieren avanzar cuando esperamos la noche para por fin ir a dormir, y por más que los empujemos con la mente y los amenacemos con un cuchillo no se mueven, siguen parsimoniosos y nos torturan, nos hacen burlas, nos sacan la lengua y se ríen en nuestra cara, conversan con sorna entre ellos, hacen mañas hasta que por fin se deciden y toman el segundero que sube como ascensor en el reloj.
Hasta que por fin llegamos a nuestra cama, donde dejamos nuestros cuerpos y vamos allí, a donde por fin somos solo una, por que en los sueños no somos ni grandes ni pequeñas, ni sufrimos, ni recordamos; allí yo también imagino y creo tus mundos Juanita, allí yo también soy feliz, y creo que alguna vez he bailado, pero estaba tan cerca la mañana y cantaba tan fuerte el gallo que trajo Leonorcita cuando vino del campo, que abrimos los ojos y apenas me quedó una sensación de jubilo en los pies y en los brazos, unos rayitos de sol revolcándose en las palmas de mis manos, y la imagen confusa de un rostro que nos animaba a seguir danzando.
Eran ya las cinco de la mañana Juanita, ¿ya cuántos años llevábamos despertándonos a la misma hora?, salíamos despuesito del sol, para hacerle compañía y llevar su luz con nosotras, le abríamos las ventanas y las puertas para que se esparciera por la pensión, para que iluminara los rostros de los inquilinos y les llenara de buena energía.
¿Hace cuanto había muerto mamá Juanita? ¿Ya no lo recuerdas? ¿También olvidaste su muerte como la de papá? Fue en un día de mayo, estaba dormida, fuimos a llevarle el desayuno a la cama, el chocolate y los huevos, pero no abrió los ojos cuando la llamamos, ni cuando abrimos la persiana, se quedo ahí, soñando eternamente, bella, con una sonrisa que no le pudo arrebatar la muerte, no lloramos, por que sabíamos que iba a encontrarse con papá, que le iba a contar de nosotras, y tal vez ella, como se había vuelto tan buena también iba a aprender a tocar la guitarra.
La pensión se manejaba casi sola, y Leonorcita trajo a sus nietos, llenos de vida y sueños, yo los deje quedarse a cambio de que remodelaran la pensión, la pintaron, la resanaron, zurcieron sus viejos vestidos de madera y los dejaron tan elegantes como en sus tiempos de gloria, estaba bonita por donde quiera que uno la mirara. No fue de esperar que llegaran nuevos huéspedes, mas adinerados y simpáticos. Entregaban la renta a tiempo y siempre entraban y salían con una sonrisa, acariciaban a Tomas y daban los buenos días al amigo sol.
Con Leonorcita tejíamos por las tardes hasta entrada la noche, pasábamos los días hablando, ella me contaba de los campos, de las bestias y la guerra que la obligo a venir a la ciudad, y fue ahí Juanita cuando vimos asomar dos hijitas de sus mejillas, que ella recogió rápidamente en su pañuelo donde las mando a dormir por que ya era muy tarde para que estuvieran por ahí rodando despiertas.
Solas en el cuarto observamos nuestra figura en el espejo, el cabello de estaciones frías, la piel como la de los libros de los abuelos, los ojos brillantes acobijados por las arrugas, y la sonrisa intacta, por que ya no supimos mas de tristeza, vivió con nosotras demasiado tiempo, secuestró tantos miles segundos nuestra voz, que cuando por fin la recuperamos mandamos a su captora a que se consumiera en lo innombrable.
Y por eso Juanita es que ahora el reflejo que vemos ya no nos resulta extraño, vemos rasgos de mamá por un lado, recuerditos de papá por otro, y nuestros propios rasgos resultado de esa mezcla afortunada que nos trajo al mundo.
Acerquémonos mas al espejo, estira tu también la mano, ya no hay por que tener miedo, vamos, que ya puedo ver los castillos, los ríos, los barcos, los conquistadores, los indiecitos corriendo, vamos volemos un ratico que ya somos ángeles, allí están, ¿también los ves? Allá están Juanita, nos estaban esperando para recuperar el tiempo que nos arrebató la desgracia, el orgullo y los errores de la otra vida.
Vamos, corre que ya somos niñas de nuevo, y la coronita la tenemos puesta en la cabeza, vamos que papá está cantando esa canción que nos gusta tanto
Sin llevarle más que una canción
Un pedazo de mi corazón
Sin llevarle nada más que un beso
Mira mamá está bailando, estirando las manos para que nos unamos a ella.
Sin llevarle más que un deseo
Un sueño, juego de espejos
Sin llevarle nada más que de lo que soy
Crucé el espejo, se hizo real el sueño y ahora soy una, solo Juana.
¿Recuerdan a Juana? mi pequeña e humilde continuación de la historia de Helena Iriarte :¿Recuerdas Juana?

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